Cristianismo, naturaleza y ecología
Juan Guillermo Restrepo Arango.
Médico Veterinario. Universidad de Antioquia.
Algunos historiadores han argumentado que las cosmovisiones religiosas, con raíces en el judaísmo y el cristianismo han creado una relación excluyente entre el ser humano y la naturaleza, lo cual se puede apreciar nítidamente en el libro del Génesis, versículo 27:
“Y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra, sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra.”
Para comprender la actitud del ser humano, guiado por principios religiosos judeocristianos, en relación con el resto del mundo natural, debe reflexionarse sobre las condiciones sociales y ambientales en las cuales se nutrió esta visión de la vida. La doctrina religiosa se desarrolló en una sociedad inmersa en un ecosistema natural caracterizado por bosques y matorrales característicos de la cuenca del mar Mediterráneo. Las culturas formadas en estas regiones se caracterizaron por ser pastoriles y agrícolas, las cuales ha partir del VI milenio antes de Cristo se afianzaron a través de dos mecanismos de regulación social diferentes pero dependientes uno del otro, como son por un lado la propiedad privada, derivada del proceso histórico de la sedentarización inherente a la formación de las sociedades agrarias y por el otro la guerra por expolio de recursos naturales y mano de obra esclava. La capacidad de transformar el mundo natural se convirtió en la expresión del dominio del ser humano como amo y señor del mismo. Todo ser viviente y cosa, sólo tenían valor si podían ser manipulados y utilizados en provecho del hombre, y lo que no, se consideraba alimaña, plaga, maleza u obstáculo para el crecimiento del mundo hecho por el hombre.
El fenómeno de la deforestación ha caracterizado la evolución histórica de aquellas culturas de Eurasia, África, Oceanía y América que no han sabido articularse sabiamente con el mundo natural, causando la destrucción de las mismas. En los documentos históricos de la cultura Judía se hace énfasis en la magnitud del problema de la tala rasa de los bosques para ampliar la frontera agrícola y ganadera, además de utilizarlos como fuente de energía y recursos para la realización de obras de ingeniería militar, religiosa y civil. En la Biblia, texto religioso de la cultura judeocristiana y específicamente en el Libro 14,7 de Isaías, se hace referencia a la guerra que se libraba entre Babilonia e Israel por los recursos naturales, en este caso por los bosques de cedros y de cipreses utilizados en las construcciones de templos, palacios y fortalezas de ambas sociedades. Dice el libro, refiriéndose a Nabucodonosor: “Ahora reposa la tierra, descansa, exulta de júbilo. También los cipreses se alegran por ti y los cedros del Líbano dicen: Desde que tú yaces no sube el talador contra nosotros.”
Pero el problema de la destrucción del mundo natural por la intervención del ser humano no se le puede cargar únicamente a las culturas con fundamentos religiosos basados en los principios judeocristianos. Las sociedades anteriores al cristianismo, ubicadas en las cuencas de los ríos Nilo, Éufrates y Tigris, arrasaron sus bosques, agotaron las fuentes de agua superficial, erosionaron y salinizaron las tierras aptas para la agricultura y con el sobrepastoreo de vacunos y caballos y finalmente con ovejas y cabras, acentuaron el problema de la expansión del desierto, proceso que continúa hasta nuestros días. Igual ocurrió en los ecosistemas ocupados por los distintos imperios establecidos en los territorios de las actuales China e India. En la gran cuenca del mar Mediterráneo, rodeada por territorios de Europa, Asia y África, la degradación de los ecosistemas aumentó con el fortalecimiento y expansión de los imperios de Grecia y Roma.
A pesar de reconocerse y valorarse la influencia de la cultura griega en la forma como muchas sociedades modernas conciben el mundo natural y social, no debe pasarse por alto que en el aspecto del manejo de los recursos naturales, ésta es una cultura caracterizada por marcadas características de insostenibilidad ambiental. En el libro Critias, Platón describe los efectos de la deforestación sobre el paisaje griego: “Los aguaceros arrastraron la tierra montaña abajo hasta hacerla caer al mar” y el Ática se convirtió en el “esqueleto de un cuerpo enflaquecido por la enfermedad.”
Volviendo a la historia del Cristianismo, cuando ésta fue aceptada como la religión oficial del imperio Romano, se nutrió en esta herencia cultural, reforzándose la justificación de un antropocentrismo excluyente, predominando una relación de explotación de todas las demás formas de vida y facilitando la destrucción de la base natural de las culturas humanas.
Durante el proceso de elaboración de la doctrina y como consecuencia del temor a posibles herejías, catalogadas de panteísmo o idolatría, se desterró, como valor religioso, cualquier actitud de integración con el mundo natural. Esto puede ayudar a explicar el impacto causado entre los misioneros cristianos, cuando apreciaron la integración del ser humano con el restante mundo natural, fundamento de muchas culturas nativas del llamado Nuevo Mundo Americano. Para ellos era incomprensible la actitud de un indígena Pawnee, habitante de las praderas de Norteamérica, que oraba así:
“Y ahora, a vosotros todos, peces de los ríos, pájaros del cielo y animales que corréis sobre la tierra, y a ti, oh Sol, os ofrezco este mi caballo. Vosotros pájaros del aire, y vosotros habitantes de la pradera, sois mis hermanos, porque un solo Padre nos ha creado, y veis cómo soy infeliz. Entonces, si tenéis algún poder ante el Padre, interceded por mí.”
Leonardo Boff plantea que por temor al panteísmo se ha olvidado el pan en teísmo, el cual argumenta que “Todo está en Dios” o “Dios está en todo”.Está en la piedra del camino, en la hormiga que atraviesa con dificultad el camino, en la más pequeña flor o en la estrella más distante o en el corazón de un niño. Dios está en todo y todo está en Dios. No es que todo sea Dios, sino que todo está dentro de Dios. El desarrollo de las ciencias ha permitido la integración entre microcosmos y macrocosmos, es decir un proceso de síntesis que reconoce la UNICIDAD de la vida y que se reafirma al reconocer que los seres vivos del planeta Tierra somos “polvo de las estrellas.”
Debe tenerse en cuenta el papel de Francisco de Asís ( 1182 – 1226 D. de C) como creador de una nueva relación de los cristianos con el mundo natural, al proponer que el ser humano está dentro de la naturaleza, unido a los demás seres y nunca por encima de ella. En el poema El Cántico de las Criaturas se vislumbra un nuevo camino.
“…Alabado seas, mi señor,
En todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.
…Alabado sea, mi Señor,
Por la hermana luna y las estrellas,
En el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.
…Alabado sea, mi Señor
Por el hermano viento
Y por el aire y el cielo sereno y todo tiempo,
Por todos ellos a tus criaturas das sustento.…”
Existen dos textos escritos con siglos de diferencia y por seres humanos de culturas muy diferentes, en donde se aprecia patéticamente que el cristianismo original tenía una relación con el mundo natural con dimensiones cósmicas, muy similar a la de otros pueblos, a los que, muchas veces, él, como religión dominante, persiguió. En el Evangelio apócrifo de santo Tomás, en el texto número 77 dice Jesús:
“Yo soy el universo. El Universo salió de mí y el universo retorna a mí. Corta un trozo de madera, yo estoy dentro. Levanta una piedra, yo estoy debajo de ella porque yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de los días”.
Al otro lado del planeta, un poema de indígenas americanos dice:
“El espíritu duerme en la piedra. El espíritu sueña en la flor. El espíritu despierta en el animal. El espíritu sabe que está despierto en el hombre y en la mujer.”
Los cristianos deben reconocer que ninguna especie tiene garantizada su permanencia en este planeta. Nosotros que estamos aquí hace no más de un millón de años, infortunadamente una especie que ha concebido los medios para su autodestrucción. Tenemos el deber de luchar por la vida en la tierra y no sólo en nuestro beneficio, sino en el de todos aquellos, humanos o no, que llegaron antes que nosotros, así como en el de quienes, si somos lo bastante sensatos, llegarán después.
Leonardo Boff afirma que “el asunto fundamental ya no es qué futuro tendrán el cristianismo o la Iglesia. La pregunta es: ¿Qué futuro tendrán la humanidad y este planeta azul? Porque si este planeta no tiene futuro, tampoco lo tendrá la Iglesia, ni el cristianismo, no tendrá futuro nada de la religión”. No hay causa más apremiante, ni afán más justo, que proteger el futuro de nuestra especie y de las demás que nos acompañan en nuestro hogar planetario. ¿Los cristianos estamos ayudando para que en la Tierra pueda existir la vida en todas sus manifestaciones y para que los que vengan después no nos maldigan porque les entregamos como herencia un mundo inhóspito e inhabitable?
Las consideraciones anteriores muestran que a través del devenir histórico se han confrontado dos paradigmas: uno coloca a los seres humanos sobre la naturaleza, considerándose como no dependientes de ella, con capacidad de transformarla descuidadamente y dominarla y el otro que los coloca como seres integrados a la naturaleza, surgiendo y dependiendo inexorablemente de ella.
En enero de 1990 se escribió en la ciudad de Nueva York el documento titulado “Preservar y amar la Tierra: una llamada para el establecimiento de una comisión conjunta de ciencia y religión para el medio ambiente”, concertado por científicos, humanistas y dirigentes sociales de Norteamérica. El documento hace referencia a todos los problemas ambientales y sociales que a través de la historia han generado las diversas acciones del ser humano sobre el mundo natural, por medio de las tecnologías. Toda intervención sobre la naturaleza puede conllevar riesgos que el ser humano, en su impericia, no es aún consciente. Advierte sobre los riesgos que entraña la manipulación de la esencia genética de la vida, y empleando un lenguaje religioso se define como “crímenes contra la Creación”. Llama la atención sobre el manejo de una economía basada en el militarismo, el consumo irracional de recursos energéticos y el crecimiento exagerado de la población.
Este texto finaliza así:
“Como en las cuestiones relativas a la paz, los derechos humanos y la justicia social, las instituciones religiosas también pueden representar aquí una fuerza sólida que estimule iniciativas nacionales e internacionales, tanto en el sector público como en el privado y en las diversas esferas del comercio, la educación y los medios de comunicación de masas.
La crisis ambiental requiere cambios radicales no sólo en la política oficial, sino también en la conducta individual. Los antecedentes históricos ponen de manifiesto que las enseñanzas, el ejemplo y la dirección religiosos son muy capaces de influir en el comportamiento y el compromiso personales.
Como científicos, muchos de nosotros tenemos experiencias profundas de asombro y reverencia ante el universo. Entendemos que es más probable que sea tratado con respeto aquello que se considera sagrado. Es preciso infundir sacralidad en los esfuerzos por salvaguardar y respetar el ambiente. Al mismo tiempo, se requiere conocimiento más amplio y profundo de la ciencia y la tecnología. Si no comprendemos el problema, es improbable que seamos capaces de solucionarlo. Tanto la religión como la ciencia tienen, pues, un papel vital que desempeñar”.
Frente a este manifiesto los líderes espirituales de diversos credos religiosos – musulmanes, cristianos, budistas, judíos – de 83 países respondieron:
“Nos declaramos conmovidos por el espíritu del llamamiento y arrostrados por su sustancia. Compartimos su sentido de apremio. Esta invitación a la colaboración marca un momento y una oportunidad singulares en la relación entre la ciencia y la religión.
Muchos miembros de la comunidad religiosa han reaccionado con creciente alarma ante los informes de amenaza a la salud del medioambiente de nuestro planeta, como las expuestas en el llamamiento. La comunidad científica ha prestado un gran servicio a la humanidad al aportar las pruebas de tales peligros. Alentamos una investigación continuada y escrupulosa y debemos tomar en consideración sus resultados en todas nuestras deliberaciones y declaraciones referentes a la condición humana.
Creemos que la crisis del medio ambiente es intrínsecamente religiosa. Todas las tradiciones y enseñanzas de la fe nos instruyen firmemente para que reverenciemos y cuidemos el mundo natural, pero la creación sagrada está siendo violada y corre un riesgo extremo como resultado de un comportamiento humano añejo. Es esencial una respuesta religiosa para invertir esas pautas inveteradas de negligencia y explotación.
Por este motivo, damos la bienvenida al llamamiento de los científicos y estamos dispuestos a explorar tan pronto como sea posible formas concretas y específicas de colaboración y acción. La propia Tierra nos llama a lograr nuevos niveles de compromiso conjunto”.
BIBLIOGRAFIA.
Campbell, Bernard. ECOLOGÍA HUMANA. No.15. Ed. Salvat. Barcelona. 1986.
Dubos, René. UN DIOS INTERIOR. No. 26. Ed. Salvat. Barcelona. 1986.
Mires, Fernando, George, Susan, Galeano, Eduardo, Muñoz P., Francesc, Tamames, Ramón y Boff, Leonardo. ECOLOGÍA SOLIDARIA. Editorial Trotta. Madrid. 1996.
Sagan, Carl. MILES DE MILLONES. PENSAMIENTOS DE VIDA Y
MUERTE EN LA ANTESALA DEL MILENIO. Ediciones B. Barcelona. 1998.

