La mancha en la alfombra
LA MANCHA EN LA ALFOMBRA
Sergio Aguirre
Sus ojos no percibían la imagen sombría del cuerpo, aún caliente, que yacía ante él; el goteo de sangre parecía eterno y alimentaba la mancha hambrienta que se extendía sobre la alfombra. Nadie más que él escuchó el corto e inconsciente grito de la víctima, al abrirse paso entre su cuello el filoso cuchillo. Ahora le placer victorioso brillaba en sus ojos a la vez que la venganza se dibujaba en su trémula sonrisa. Ya todo había acabado. El silencio ensordecedor era abatido solamente por el incesante caer de las gotas, nunca más Gabriel volvería a sacar de casillas a su amigo o a intentar burlarse de él; el compañero de toda su vida, de celebraciones y de pequeñas riñas ya no estaba.
Gabriel había ido por última vez a casa de su amigo para despedirse, antes de partir a París donde terminaría sus estudios de filosofía. // Será rápidamente. Como en viajes anteriores. Nadie pensará que... No. Solo me marcho por asuntos comunes como todo el mundo. De no visitarlo antes de irme, podría pensar que huyo de algo o tal vez lo tome como una falta de respeto. Como sea, nadie lo sabe.// Aquel pensamiento atravesó por su cabeza tan rápido como desapareció al percatarse de que había llegado.
Al llegar al pórtico lo recibió el mayordomo.
— Buenas tardes, necesito ver al señor de la casa— dijo, agitado como de costumbre.
Con una voz ronca y lenta obtuvo respuesta.
— Pase usted señor Gabriel, lo están esperando.
El desagradable mozo, vestido con un chaleco roído de lo viejo, cabellos negros, ondulados y sucios, tez pálida como el nublado amanecer casi eterno del invierno irlandés, lo condujo a través de las escaleras.
— Dígame, Marcos — un poco alterado — por qué no ha salido él a recibirme, sabía que vendría a verlo antes de irme. No escuchó nada. El hombre delante de él caminaba maquinalmente distraído, como preso de muerte caminando hacia su destino.
Gabriel calló. Tal vez por ofuscamiento o por asombro al observar los melancólicos pasadizos por los que era transportado en silencio. Por fin llegaron hasta la puerta
— Aquí es, adelante — asintió el criado antes de perderse en la oscuridad del pasillo.
// Nadie más lo sabe. Acaso será posible... No, no es cierto. Todo salió como lo planeado: aquella medianoche, la solitaria calle, no había nadie... // — confundido no más que ofuscado — // Pero como pudo enterarse. ¡No son mas que tonterías! No lo sabe.// —Pensó.
El poco tiempo del que disponía aquel día, así como el callado y gélido aire que se apoderaba del corredor, obligaron la entrada casi estrepitosa en la habitación.
A través de una pequeña y opaca ventana, cruzaban los últimos fulgores del ocaso; difícilmente se dibujaba ante sus ojos, en el fondo de la habitación, un viejo sillón marrón. Sus decorados indescifrables y una mesita ovalada, más bien parecían ser parte de una pintura muerta en la pared del lugar.
Una mirada inquisidora se volcó sobre él tan rápido como el rayo y le examinó por un momento.
— Así que te vas... — se oyó finalmente desde el sillón.
— Es cierto. Salgo en poco más de una hora. ¿Cómo estás?
Un silencio sepulcral inundó de nuevo aquel aposento. El cuerpo que reposaba sobre el sillón se puso de pie. Comenzó a caminar hacia Gabriel lentamente y al acercarse, la frágil luz que rasgaba el aire, dejó al descubierto unos hombros estrechos y encogidos, un cuerpo delgado cubierto como sin ganas por viejas ropas finas, la mirada perdida y la sonrisa casi diabólica de aquel hombre.
— ¿Por qué te vas? — en susurro.
—Tengo que hacerlo. Me han otorgado una beca para seguir estudiando, además, planeo establecerme en París lo más pronto posible. Cuento con un empleo de medio tiempo en una oficina de correos.
— Ya veo.— fue correspondido de manera casi burlona — supongo que no te volveré a ver.
— Al menos por varios años, pero te escribiré...
— ¡No lo harás! — interrumpiendo enérgicamente — cambiarás completamente, olvidarás tu pasado. El deseo y la memoria te corrompen., huyes de todo, tienes miedo, quieres olvidar todo lo que has hecho pero no, los demás no lo harán.
El pensamiento que yacía en Gabriel desde antes de entrar de allí, había cobrado vida de nuevo; la desesperación y el miedo se apoderaron velozmente de su cuerpo y de su mente.
// No puede ser. Lo sabe todo, absolutamente. Como pudo darse cuenta de... //
— ¿A qué te refieres?— preguntó Gabriel casi desvaneciéndose.
—No creas que me engañarás. El egoísmo y la avaricia te gobiernan. Tienes la astucia de ocultarlo muy bien— vociferaba su “amigo” mientras lo rodeaba.—No soportabas verla conmigo. Me amaba y nos casaríamos; pero esa noche, esa maldita noche en que la deje ir sola... — sacó el cuchillo de entre su saco y con extraordinaria fuerza y velocidad —casi podría decirse que le poseía una facultad sobrenatural— lo dejó caer sobre el desnudo cuello de Gabriel.
Tras un leve y bajísimo grito —como el de todo aquel a quien la muestre toma por sorpresa— el cuerpo degollado se desprendió sobre la sucia alfombra de la habitación.
Por un largo rato, los ojos coléricos de aquel hombre no percibieron el cuerpo, aún caliente, que yacía ante él. El dilatado sonido de su corazón y el goteo incesante de su sangre eran lo único que desgarraba aquel silencio ensordecedor, a la vez que alimentaban la hambrienta mancha en la alfombra.

